FACULTAD DE HUMANIDADES Y CIENCIAS DE LA EDUCACIÓN UNLP

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Imposición y crisis del neoliberalismo en el Tercer Mundo

El islamismo militarizado, los neoconservadores y el 11 septiembre

 

El islamismo, en su condición de corriente política que tiene por objetivo establecer un Estado y una sociedad basados en principios religiosos, se remonta a los años veinte del siglo XX con la fundación de la Hermandad Musulmana en Egipto, se continua con el papel desempeñado por esa organización y el liderazgo musulmán en la rebelión palestina de 1936-1939, y con el movimiento en la India británica que desembocó finalmente en el establecimiento del Estado islámico de Pakistán en 1948. El islamismo militante se presentó básicamente como una respuesta a los desafíos que, al calor de la modernización occidental, agrietaban los pilares de las sociedades del ámbito musulmán: en primer término, la dominación colonial, en segundo lugar, el surgimiento de partidos de masas seculares, ya fueran nacionalistas o comunistas, y por último, los drásticos cambios impulsados por los Estados modernizadores —tales fueron los casos de Turquía e Irán— para imponer un orden laico en el plano jurídico, político, educativo y en las formas de vida. En el período posterior a 1945, las organizaciones religiosas pasaron a un segundo plano y los movimientos nacionalistas seculares —ya fuera el encabezado por Sukarno en Indonesia o el liderado por Nasser en Egipto, entre otros— ocuparon el centro del escenario en los países surgidos al calor de la descolonización. En el marco de la crisis del proyecto nacionalista, la revolución iraní de 1979 dio un nuevo impulso al islamismo político. Los grupos islamistas radicalizados se extendieron desde el norte de África, básicamente Argelia, pasando por Bosnia, Oriente Medio y el sur y el sureste asiático, y llegando hasta la zona del Cáucaso. La mayoría de estos grupos recurrió cada vez más a la vía armada para lograr las reivindicaciones nacionales y sociales de los sectores populares en cuyo nombre actuaban.

En Afganistán, los militantes islámicos vivieron una experiencia bélica exitosa y a lo largo de esa lucha se produjo la fusión de movimientos radicados en el mundo árabe —como el wahabita— con otros influidos por el islamismo del sur de Asia —como la corriente deobandi—. Los deobandis crecieron en Afganistán de la mano de las organizaciones paquistaníes y llegaron a tener una influencia significativa sobre la juventud afgana, especialmente entre los habitantes de los campos de refugiados. La atmósfera de fundamentalismo militante entre estos jóvenes varones que vivían en escuelas religiosas desde edad temprana, sin contacto con su familia ni con mujeres, forjó la identidad de quienes constituirían el movimiento talibán. Cuando el gobierno comunista cayó en Kabul en 1992, la guerra civil prosiguió alimentada por las rivalidades entre los principales jefes políticos que habían encabezado la yihad y por las tensiones entre las distintas comunidades afganas: los pashtun, grupo mayoritario asentado básicamente en el sur y el este, y las minorías del norte —turkmenos, tadzhikas, uzbekos y hazaras—. En este escenario ganó protagonismo, a partir de 1994, el movimiento de los talibanes. Su rígida disciplina les otorgó primero el control sobre los muyahidin del sur y, en 1996, la victoria sobre los grupos que luchaban en Kabul. Ese año Osama bin Laden se instaló con su familia en Afganistán reforzó su vínculo con los talibanes que había arrancado en los ochenta, cuando toda la familia saudí, Osama Bin Laden, los servicios y los grupos islamistas radicalizados de Pakistán, la CIA y el gobierno de Reagan tejieron una explosiva coalición contra la invasión soviética de Afganistán.

En la década de los noventa los islamistas radicalizados al calor de la yihad afgana combinaron las acciones armadas contra los gobiernos musulmanes —rechazados por conservadores, pro-occidentales, e impíos— con atentados terroristas cuyo blanco eran los poderes occidentales, especialmente los Estados Unidos, que sostenían a dichos gobiernos mientras colaboraban con la política de Israel. NOTA 7

Cuando Clinton llegó al gobierno declaró que su política exterior se basaría en una firme postura multilateral, una promesa que fue cumplida, según algunos autores, y una afirmación antes retórica que real, según otros. Sin lugar a dudas, la conducción de la política exterior del presidente demócrata desagradó profundamente a los neoconservadores que habían ingresado en la arena política durante el gobierno de Reagan presentándose como decididos halcones.

Con el triunfo de Clinton, a los halcones no les quedó más remedio que refugiarse en el mundo académico y los consejos de administración de las grandes corporaciones, desde donde siguieron atentos la evolución del sistema internacional y el papel que su país desempeñaba en ese ámbito. Su reingreso a la escena pública se produjo en 1997, inmediatamente después de la publicación de El gran tablero mundial, de Zbignew Brzezinski, el consejero de Seguridad Nacional del ex presidente demócrata Carter. Su tesis se correspondía con la de los neoconservadores: los Estados Unidos corrían el riesgo de quedar reducidos a la categoría de futuro satélite de los grandes poderes euroasiáticos si se producía un acuerdo entre una Unión Europea en vías de ampliación y una Rusia estabilizada por un lado, y una China en camino de convertirse en gran potencia por el otro.

A través de las páginas de The Weekly Standard y The National Interest, los neoconservadores empezaron a publicar una serie de artículos que criticaban con dureza el apaciguamiento diplomático y estratégico en que había caído la administración demócrata: mientras Norteamérica se volvía más próspera, el presupuesto en Defensa se situaba por debajo del 3% del PIB. En junio de 1997 dieron a conocer el Proyecto para el Nuevo Siglo Norteamericano suscripto, entre otros, por Dick Cheney, Francis Fukuyama —el teórico de “el fin de la historia”—, Lewis Libby, Paul Wolfowitz y Donald Rumsfeld —la mayoría de ellos integraron el equipo del presidente George Bush (hijo) en 2001—.

En agosto de 1996 Bin Laden dio a luz la Declaración de Yihad contra los norteamericanos que ocupan el país de los santos lugares, convocando a los Hermanos musulmanes de todo el mundo a apoyar la lucha de los sauditas y de Palestina haciendo todo el daño posible. En febrero de 1998 anunció la creación del Frente Islámico Mundial para la Yihad contra los judíos y los cruzados, del que participaron dirigentes de grupos armados de Egipto, Pakistán y Bangladesh. Era la primera vez que estas organizaciones se ponían de acuerdo para alcanzar los mismos objetivos. Siete meses después explotaron dos bombas en las embajadas de los estados Unidos en Kenia y Tanzania.

 

ATENTADOEL ATENTADO EN NAIROBI, KENIA

 El FBI emitió órdenes de arresto contra cinco personas: una de ellas era Bin Laden. Por su parte, el presidente Clinton ordenó el lanzamiento de misiles sobre supuestos campos de entrenamiento de al-Qaeda en Afganistán y sobre una planta química en Sudán. Así se inauguró un nuevo tipo de ataque, ya que los misiles fueron lanzados desde un Estado, el de mayor potencial militar a nivel mundial, contra un individuo y su organización y no como respuesta a la agresión de otro Estado.

A través de unos comicios teñidos por las denuncias de fraude, George Bush (hijo) llegó a la Casa Blanca al cabo de una campaña electoral en la que condenó la política de intervenciones para ayudar a los Estados fallidos, rechazó el Protocolo de Kyoto sobre el calentamiento global, afirmó que consideraba la posibilidad de retirarse del tratado de Misiles Antibalísticos (ABM) con Rusia, y prometió que las tropas estadounidenses no volverían a involucrarse en operaciones de paz. Bush se pronunció a favor de una política exterior más humilde y criticó el carácter indiscriminado de las intervenciones de Clinton en el extranjero, mostrando escaso interés por la doctrina de los derechos humanos. Durante sus primeros meses de gobierno se mantuvo distante del escenario internacional. Cambió drásticamente luego del brutal atentado que impactó en las Torres Gemelas. fuente

 

11SIMAGEN DEL 11 SETIEMBRE 2001

 

Si antes del 11 de septiembre, en el marco de la política unilateral que suscribía Bush, se discutía el grado y el modo de intervención de Washington en los asuntos mundiales, a partir de la caída de las Torres Gemelas, los neoconservadores regresaron al centro del escenario decididos a crear un nuevo orden en Oriente Medio a partir de la eliminación del gobierno de Sadam en Irak. fuente

No dudaron en adjudicar la autoría del bárbaro atentado a la red terrorista Al Qaeda y además vieron en este ataque un segundo Pearl Harbour que podía conducirlos a un drástico cambio de la situación en Oriente Medio.

Bin Laden, en un primer momento, se desvinculó del atentado, pero lo celebró como una reacción legítima de los pueblos oprimidos contra el poderío norteamericano.

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 fueron la expresión de un proceso frío y racional que llevó al islamismo militarizado a dirigir el terrorismo al corazón de los Estados Unidos para obtener un beneficio político. Con la caída de la torres gemelas del World Trade Center, que llevó a la muerte a cerca de tres mil personas, se buscó demostrar la vulnerabilidad de la superpotencia mundial. Mientras Bin Laden, a la cabeza de Al Qaeda, convocaba a la yihad contra el enemigo lejano, el gobierno de los Estados Unidos decidió poner en marcha la guerra global contra el terrorismo.

En septiembre de 2001 los Estados Unidos pidieron oficialmente a los talibán la entrega de Bin Laden, y solicitaron a Pakistán el cierre de las fronteras con el país vecino y su cooperación. Aunque el gobierno afgano condenó los ataques, afirmó que no tenía evidencias y ni siquiera sospechas de la relación de bin Laden con los atentados y se negó a aceptar el pedido estadounidense. El 7 de octubre comenzaron los bombardeos aéreos contra Afganistán en el marco de una campaña inicialmente denominada Justicia Infinita y luego Libertad Duradera. La coalición contra Afganistán contó con la participación directa de los Estados Unidos, el Reino Unido, Australia y Canadá y con el apoyo de la UE, la OTAN (incluyendo Turquía), China, Rusia, Israel, India, Arabia Saudita y Pakistán; en cambio, Irán e Irak condenaron la acción militar.

En el caso de los jefes políticos afganos, que resistían con las armas a los talibanes, dieron la bienvenida a la intervención militar occidental que les facilitaría la destrucción del régimen. Luego de un castigo aéreo que duró varias semanas, la Alianza Nacional entró en Kabul en noviembre del 2002.

Esta acción fue seguida por la invasión de Irak, en marzo de 2003, que derrocó a Hussein e impuso el control militar de los Estados Unidos sobre el país. Aunque no existían pruebas que relacionaran al régimen iraquí con los ataques al World Trade Center y al Pentágono y era bien conocido el viejo antagonismo entre Sadam y los representantes del islamismo político, la demonización del líder iraquí, esgrimida por los neoconservadores desde su invasión a Kuwait, surtió efecto. Muchos estadounidenses estuvieron dispuestos a lanzarse a una nueva guerra contra Irak como parte de la guerra contra el terrorismo.

Al margen de las convicciones de los fundamentalistas norteamericanos, la fisonomía y la trayectoria de Al Qaeda aparecen cargadas de interrogantes. Si bien bin Laden encontró apoyo entre los talibán, su gravitación en el escenario político musulmán es incierta dado que la mayor parte de los movimientos islámicos del mundo árabe embarcados en conflictos nacionales —los Hermanos Musulmanes, Hezbolá, Hamás— no se han sumado a su empresa. En relación con los atentados terroristas resulta difícil averiguar si Bin Laden ha estado detrás de todos los ataques con los que se lo vincula desde 1992, aunque es bastante plausible que conozca a sus autores, bien porque fueron compañeros de armas o bien porque han pasado por sus centros de entrenamiento. Su discurso sobre casi todos los grandes atentados es ambivalente. Por un lado los elogia como si fueran acciones de su organización o como si él mismo los hubiera promovido; por otro niega su relación con los hechos y se limita a alabar a quienes los realizaron. Los medios de comunicación y los organismos de inteligencia pueden atribuir cualquier atentado a Al Qaeda y cualquier grupo puede aducir que forma parte de Al Qaeda. La red de Bin Laden no ha derivado en un movimiento de masas en ningún país árabe. Su yihad contra Occidente está supeditada al objetivo principal de derrocar a los regímenes corruptos de Oriente Próximo y restablecer el Estado del Islam. Al Qaeda no es una organización tradicional jerárquica, como un partido comunista, que se pueda destruir eliminando a sus líderes o atacando sus bases: es un movimiento más difuso, que actúa tanto mediante la inspiración y los lazos informales como por medio del control formal. Se beneficia del apoyo estatal cuando puede obtenerlo —como ocurrió con los talibanes—, pero ese respaldo no le es vital: sus militantes y los simpatizantes de la organización suelen actuar de forma independiente y crear vínculos informales, como en Pakistán o en Europa Occidental, por medio de lazos de parentesco y amistad. Algunos analistas aseguran que es la red de redes que entrelaza los movimientos islámicos de diferentes partes del mundo. Otros niegan que Al Qaeda exista como organización operativa estructurada y la definen como una corriente influenciada por Bin Laden.

La guerra en Afganistán fue considerada por muchos en el mundo musulmán como un ataque contra ellos. La guerra en Irak, las revelaciones sobre torturas generalizadas a manos de las fuerzas invasoras y la continuación de los combates en Palestina, han servido de campaña de reclutamiento en todo el mundo musulmán. Por esta razón algunos analistas estadounidenses prefieren no hablar de una guerra contra el terrorismo sino de una rebelión transnacional que muy posiblemente se prolongará en el tiempo.

 


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