FACULTAD DE HUMANIDADES Y CIENCIAS DE LA EDUCACIÓN UNLP

ISBN 957 950 34 0658 8

Usted está aquí: Inicio Carpeta 3 Cine Bienestar Sobre el Interés histórico del film

Sobre el Interés histórico del film

Sinopsis

 

 

Nueva York, febrero de 1974: Frederick Wiseman se instala con su cámara en las dependencias de una de las oficinas de la asistencia social de la ciudad y registra su funcionamiento desde la apertura hasta el cierre, observando con interés y con detalles el intercambio entre los agentes del estado y las diferentes personas o grupos de personas que se acercan a tramitar la ayuda del estado en sus distintas formas y para una amplia variedad de situaciones. Wiseman recoge lo que, desde el punto de vista de los empleados, se presenta como un largo y extenuante día de trabajo y desde el punto de vista de los solicitantes, como una etapa más de una extensa espera, llena de obstáculos, para acceder a los beneficios que les otorga el estado. Desde un acercamiento inicial a los escritorios en los que se tramitan expedientes diversos, la cámara va desplazándose más ampliamente por el espacio de la burocracia estatal ligado al bienestar social y trazando poco a poco dentro de sus confines las formas del mundo: diálogos breves o extensos entre los solicitantes, intercambios intensos y ásperos entre los agentes y el público, conversaciones casuales o técnicas entre los trabajadores del centro, monólogos soltados al aire por personas que trajinan día a día entre las distintas dependencias públicas. Gradualmente, lo que se introduce como una observación neutral sobre el funcionamiento de un espacio estatal común, va cobrando la forma de una reflexión profunda sobre el estado del mundo en el preciso momento en el que los dispositivos de la ayuda social característicos del estado de bienestar estaban a punto de colapsar.

 

Estar bien

 

null

PERSONAS ESPERANDO POR LA ASISTENCIA PÚBLICA

 

Lo primero que llama la atención de este film es que no llama la atención. Este juego de palabras intenta aludir a la apariencia formal de Welfare y a su cualidad de habitar y registrar un espacio atravesado de múltiples tensiones sociales y culturales sin que ninguno de los sujetos resulte visiblemente afectado por quien los filma.

 No llama la atención esa cámara que se mueve como si fuera un testigo personal de cuanto se registra, sin que nadie repare en ella, sin que nadie parezca observado, sin que nadie dirija una sola palabra o una sola mirada a la cámara que se desplaza como inadvertida por los distintos espacios del edificio. Es evidente que Wiseman trabaja con distintos objetivos, técnicos, sociales y humanos, no emplaza la cámara demasiado cerca de la gente y trata de mirar todo lo que cabe en su campo de visión y de escucha sin perder registro de lo colectivo ni de lo que se dirime en cada una de las escenas de atención al público que reúne en la edición final del film; pero produce también, usando el zoom, muchos primeros planos significativos en diferentes instancias que le permiten tonar nota, con una discreción notable, de lo que afecta sensiblemente a ciertos sujetos, solicitantes o empleados de la asistencia social.

 Pero más allá de su forma singular de estar bien en su sitio sin llamar la atención, Welfare llama la atención por la enorme variedad de situaciones sociales de desamparo que el film recoge y que se consideraban, en su presente, no sólo pasibles de la ayuda estatal mediante distintos procedimientos, sino también como un conjunto de derechos sociales establecidos que le correspondían a los ciudadanos sin ningún lugar a cuestionamientos. Es cierto que la burocracia y los intrincados laberintos administrativos parecen entorpecer u obstaculizar en muchos casos el acceso a los diferentes beneficios, pero también que existe a uno y otro lado de los escritorios la seguridad compartida de la legitimidad de esos beneficios e incluso en muchos casos el reclamo airado por el cumplimiento de las reglamentaciones que los avalan.

 Las múltiples tensiones que se abren en la obra en torno del funcionamiento de la asistencia social no tienen tanto que ver con la disputa por su legitimidad sino con la propia capacidad del estado para gestionarla en momentos en los que, evidentemente, cada vez más personas la necesitaban. Así, las dilaciones y las trabas en las tramitaciones, exponen que los funcionarios a cargo, en coordinación con otras áreas afines, están desbordados por la demanda y por lo que se presenta, en varias ocasiones, como escasez del personal dentro y fuera de las oficinas.

 

null

DOS MUJERES NEGRAS Y UN JOVEN HISPANO RECLAMAN POR SUS BENEFICIOS

 

No perdamos de vista sin embargo la vastedad de circunstancias que ameritaban la asistencia de la ciudad de Nueva York en 1974 de acuerdo con lo que se registra en el film: una pareja joven solicita un subsidio para alquilar un departamento, ambos están desocupados y con diversas limitaciones de salud; una mujer negra solicita su cheque para alimentos, que se ha extraviado por un error en el nuevo domicilio; varios ancianos concurren a solicitar la continuidad de los subsidios de salud o para sus medicamentos; dos jóvenes embarazadas reclaman la asistencia prevista para la alimentación correcta de sus bebés durante la gestación; ex combatientes de Corea o de Vietnam se acercan a pedir ayuda para alimentos, además de la que reciben por su condición de veteranos de guerra; tres jóvenes ex detenidos tramitan la asistencia especial que les corresponde y la capacitación profesional para el empleo prevista por la ley; dos jóvenes blancas en tratamiento de rehabilitación por adicciones a las drogas asisten a la oficina a reclamar su tarjeta de salud y su subsidio para medicamentos; muchos de los concurrentes pasan por la oficina para confirmar o modificar datos necesarios para la continuidad de las prestaciones: domicilios, situación familiar, certificaciones médicas, información bancaria. Un sinnúmero de situaciones que recibían asistencia pública de la ciudad, regularmente provista mediante cheques personales enviados a los domicilios de los beneficiarios por correo y gestionada mediante los servicios de un ejército de trabajadores sociales que trabajaban en los despachos públicos o haciendo las inspecciones correspondientes en la calle. Hay que considerar, además, que muchas veces estas ayudas, en formas de subsidios o seguros, eran suplementarias a las que prestaban cada uno de los estados y el propio estado federal: muchos de los asistentes mencionan que ya reciben otro beneficio por su situación. Ni una vez los empleados desconocen o reniegan del derecho de los solicitantes, las discusiones intensas y frecuentes, giran en torno a la documentación necesaria para cumplimentar los trámites y no a los derechos a la seguridad social que asisten a las personas.

 

Del otro lado del mercado

 

El director dedica tres secuencias más extensas a algunas situaciones de diverso tipo registradas en ámbitos diferentes de la oficina. Vamos a analizarlas en lo que sigue para sondear en esa elección ciertos sentidos de la obra que van más allá de lo que se expone en esas escenas.

 La primera de esas tres largas secuencias tiene como protagonista a una mujer negra de mediana edad que recibe asistencia de salud por un cuadro psiquiátrico y que por un error administrativo ha dejado de recibir los cheques para alquiler que le asignaron a su caso. La queja de la mujer se extiende porque a ella misma le cuesta ordenar el relato, porque ha trajinado ya varias dependencias y porque a quienes la atienden, siempre pacientes, les cuesta mucho precisar el punto en el que el sistema falla. Más allá de las circunstancias puntuales del expediente, esta mujer relativamente incapacitada para el trabajo por razones de salud, recibe de la asistencia pública una subvención para alquilar una vivienda, una ayuda complementaria para alimentos, un seguro de salud que cubre su asistencia médica y la medicación correspondiente. En el tratamiento de su situación, uno de los empleados se comunica por teléfono con el propietario de la vivienda que alquila para solicitarle una modificación en el contrato que destrabe la continuidad de la ayuda estatal. Sí, todo es lento, burocrático y un tanto penoso, pero las necesidades mínimas de esta persona en situación de emergencia y con hijos a cargo está completamente solventada por fondos públicos de la ciudad en el marco de regulaciones vigentes desde, al menos, finales de la década de 1930, como recuerda otra de las solicitantes expertas en el derecho a la asistencia.

 

null

UN TRÁMITE EXTENSO PARA UN CHEQUE DE VIVIENDA EXTRAVIADO

 

Otra mujer de mediana edad reclama porque en la oficina han cerrado su expediente por un detalle administrativo que ella había subsanado previamente al cierre. Su tono de respetuoso fastidio es evidente y se advierte en él la fatiga de quien lleva mucho tiempo lidiando con la burocracia. Su demanda es tan precisa que el empleado que la atiende, lejos de despacharla sin respuestas, busca a quien cerró el expediente, le demuestra su error, lo verifica con un superior y regresa a darle una respuesta positiva a la demandante. En el diálogo con sus colegas, el empleado se refiere a “nosotros” cuando subraya que el error que ha dejado sin subsidio a la mujer se ha cometido en la propia oficina. Durante todo el trámite, el joven expresa un fastidio similar a la de la persona que atiende: el problema es el funcionamiento del sistema, nunca sus objetivos ni sus fundamentos.

 En la escena de mayor tensión del film, dos mujeres negras de mediana edad discuten airadamente con una serie de empleadas que las atienden para darles siempre una respuesta que les resulta insatisfactoria. Nuevamente aquí, más allá del caso puntual, bastante confuso, interesa la forma en la que se resuelve el altercado: desbordadas, las empleadas se retiran del escritorio y un supervisor viene a buscar soluciones una vez que el guardia llama la atención sobre la escena. Hay malestar, tensión, agresividad y violencia verbal, pero ninguna intervención autoritaria que obligue a las mujeres a ceder o a retirarse. Finalmente, la situación parece abrirse a una eventual solución acordando la visita de una trabajadora social.

 Wiseman deja algunas situaciones sin final, bien porque no tienen solución inmediata o bien porque él mismo decide seguir otras instancias del intercambio intenso y alborotado en los varios pisos del edificio que bulle todo el día con la intensidad propia de un espacio social en el que se constituyen a diario los límites de la comunidad. Al paso de las décadas, sorprende la extensión de este sistema local de asistencia que brindaba la ciudad central del estado capitalista más poderoso del planeta a toda clase de sujetos desfavorecidos. En las tres situaciones descriptas se percibe el funcionamiento laberíntico y complicado de un sistema que respondía ampliamente a las necesidades de esos sujetos que por diversas razones quedaban imposibilitados de competir en el mercado de trabajo o cuyos ingresos eran insuficientes para garantizar niveles mínimamente dignos de subsistencia. Si no había para ellos un lugar en el mercado, el estado, incluso el de la ciudad, se encargaba de garantizarles una serie de beneficios fundamentales para su vida.

 Este sistema, que se exhibe en el film en una etapa tardía de su desarrollo, se percibe, ciertamente, al borde del colapso; porque hay una desproporción cada vez mayor entre los necesitados y sus demandas y los recursos públicos para atenderlos. Pero antes de su bancarrota, expresaba la existencia de un consenso público suficientemente sólido y operativo que hacía no sólo necesario sino también viable este vasto conjunto de dispositivos de contención social que formaba parte de la ciudadanía bien entendida. Incluso los sujetos más castigados por su situación social y económica eran conscientes de estos derechos y estaban dispuestos a reclamarlos tal como les correspondía. Detrás de esta ideología de derechos bien constituida en la época se deja ver una percepción común en torno de la solidaridad social que era aún una base suficientemente firme en la que apoyar edificios de asistencia social que administraban recursos relativamente importantes dentro de los presupuestos públicos. A nadie se le escucha en el film refutar la necesidad de este sistema, su legitimidad y su servicio a la comunidad por medio de la ayuda a los individuos; en todo caso, su problema más evidente es que resulta cada vez más insuficiente.

 

Más allá del bienestar

 

Mientras la cámara se desplaza por las instalaciones del edificio, observando detalles aparentemente insignificantes o situaciones individuales o colectivas de espera, ansiedad o frustración, la escucha del director lo lleva a acercarse a un guardia que discute con un hombre que insiste en agredirlo verbalmente por su condición de negro. Wiseman da amplia extensión a la escena en el montaje del film y le presta especial atención a su desarrollo, a las diferentes etapas de la discusión y a su resolución que concluye con el desalojo del hombre blanco de mediana edad que sostiene un tono racista amenazante sin desmayos.

 Puede entenderse este contrapunto como un episodio aislado en el marco de los intercambios que se desarrollan en el film, o, también como una cierta consideración de lo que se sale del marco del consenso en torno del bien público y de los sentidos de la comunidad. A lo largo de toda la película, vemos a personas blancas y negras a ambos lados de los escritorios, oímos a hispanoparlantes formulando toda clase de solicitudes, muchos de los guardias del edificio y el personal de limpieza que aparece en cuadro son también afroamericanos o latinos, pero en el lugar se encuentran también blancos pobres o en situaciones de emergencias de diferentes edades y condiciones sociales. Sin embargo, más allá de la abundante evidencia multiétnica que conforma una muestra cabal de la composición de la sociedad estadounidense, salvo por esta secuencia, no se percibe en todo el film ninguna clase de tensión racial y la única demanda sobre la opresión étnica es pronunciada al principio por un descendiente de apaches que denuncia lo que el estado ha hecho con su comunidad de origen y los sigue afectando en el presente. Por todo esto, el peso del debate entre el blanco y el negro es evidente en el film y el tiempo que le asigna el director da cuenta de su importancia.

 

null

IGUALDAD EN DEBATE

 

 

Más allá de que hay señales de sobra para dudar del equilibrio psíquico de ese hombre blanco de mediana edad que amenaza al guardia por un presunto ataque que habría sufrido en la calle por parte de unos muchachos negros, lo que el hombre se permite decir y reiterar en voz alta reproduce con una exactitud poco frecuente una parte importante del imaginario racista popular característico del país. El estoicismo y la corrección del guardia son admirables, al punto que la propia cámara parece registrar con asombro que no reaccione de otra forma que con el diálogo respetuoso ante las agresiones persistentes del otro.

 Lo que se expone en la escena es en este sentido notable: en un centro de asistencia estatal que repone la solidaridad y la comunidad entre los hombres, un sujeto encadena en su discurso delirante los motivos históricos de la negación de la igualdad: la supremacía natural de unos sobre otros, la explotación, la dominación, el maltrato y la violencia. Una y otra vez, su conclusión es que vendrá a matar al guardia porque es negro y porque necesita defenderse de la dominación de los negros. En su delirio, que no deja de tener cierta irónica coherencia interna, expresa las tensiones en torno del bien común y del bienestar público, dado que todo su discurso gira en torno de la necesidad de reafirmar que el bien del otro – y, por extensión, de todos los negros o todos los latinos, a quienes también menciona- significa la ruina y la miseria para él y que su propio bienestar depende de desterrar la amenaza que suponen los otros para su condición.

 ¿Por qué prestarle tanta atención a este sujeto delirante? Porque en su delirio ordena con suma precisión una serie de elementos reaccionarios disponibles para la ideología popular de su tiempo y porque su presencia marca los límites precisos entre las tareas propias del bienestar social que se despliegan en el edificio y los sentidos que socavarían el consenso sobre ese bienestar o al menos sobre su extensión en muy poco tiempo. Un blanco de mediana edad, agresivo, delirante, desbordado y amenazante puede ser desalojado del edificio, pero lo que se expresa en su soliloquio es mucho más difícil de desalojar de los imaginarios sociales. Como sea, este es el único momento de verdadera ruptura del sentido de la comunidad que se exhibe abiertamente en el film y no es casual entonces que el director le dedique una parte importante del metraje.

 Wiseman deja para el final a un hombre extraño al que los empleados tratan como un habitué del lugar, el señor Hirsh, que hace un intento fallido por ser atendido nuevamente y se queda mascullando a un lado esperando que un agente particular venga a seguir su caso. Según expresa en un discurso que suelta al aire, el hombre es un científico que ha trabajado largos años para el estado y que ha perdido su empleo por una enfermedad. Su aspecto y sus acciones parecen atípicos, incluso para el lugar; pero su disertación para nadie –o para esa cámara que lo observa desde media distancia-, que conjuga el tono mesiánico con información muy precisa sobre aportes, impuestos y derechos públicos, resulta un punto de llegada muy preciso para Bienestar.


Acciones de Documento